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domingo, 4 de octubre de 2015

La memoria indómita

La memoria habita en la calle de Regina, número 66. 

Ahí está el Museo casa de la memoria indómita, donde un guía da la bienvenida ejerciendo el poder de la palabra. Explica desde la entraña cómo se han documentado los casos de desapariciones forzadas desde 1969, cómo el gobierno anula a las personas incómodas, cómo las madres y padres recuerdan a sus desaparecidos hasta donde el cuerpo les da vida.


Durante el recorrido se escuchan testimonios de personas torturadas por las agencias de poder, se camina por diversas salas donde se rememoran matanzas como la de 1968 y 1971 y se convive con el sentir de los familiares de todas esas personas ausentes. 

La única justicia a la que aspiran las familias que crearon el museo es la que el pueblo mexicano les pueda dar: del gobierno ya no esperan nada. Y esa justicia viene exclusivamente de la memoria, de las ideas que se encuentran como semilla en el museo y que pueden hacer eco en todos los rincones del país. 



El Archivo General de la Nación resguarda los nombres de muchos desaparecidos. Están catalogados como criminales: el discurso del Estado busca que su conocida “verdad histórica” quede  para la posteridad. Los responsables buscan que el olvido caiga sobre los nombres de los desaparecidos. 
No lo debemos permitir.

Si acaso, lo que debe quedar en el olvido son los nombres de los verdaderos criminales; del de la guayabera y el otro, asesinos de Tlatelolco, el que lloró como perro, el que no sabe ni leer. ¿Por qué permitimos que hasta las calles que marcan nuestros pasos lleven sus nombres? Ojalá los que siguen vivos tengan el castigo preciso, pero si no les llega la justicia, que les llegue nuestro olvido. Recordemos en su lugar a Rosario Ibarra de Piedra y a su hijo Jesús Piedra. Recordemos a Julio César Mondragón aunque hayan querido arrancar su rostro de nuestras memorias. Rememoremos a todas las personas que hoy nos faltan.

Ellos arrancan a miles de esta tierra. No dejemos que también nos arranquen su memoria. 











jueves, 1 de octubre de 2015

Septiembre



No me gusta septiembre. Los 30 días, la ciudad tiene las arterias tapadas porque inician las clases, porque hay fiestas, porque los ríos y lagos claman su lugar en nuestra ciudad lluvia tras lluvia. 

Es el mes en el que recordamos las ausencias y los vacíos: vivimos el nacionalismo hueco el 16, respiramos la falta de los que quedaron enterrados el 19, lloramos por los que hoy nos faltan el 26.

Septiembre duele.

No, no me gusta septiembre. 
 


  

martes, 29 de septiembre de 2015

La ciudad que olvida

Cuando se anda se tejen los pasos. Lo mismo pasa cuando se escribe y se entrelazan las palabras que crean imágenes en nuestra mente. Las banquetas están llenas de memorias que se agrietan, se ensucian, se mojan y luego desaparecen entre el barullo urbano. 

Fui a conocer la tumba de Hernán Cortés hace unos días. Ahí, escondida en la iglesia de Jesús Nazareno, junto al hospital del mismo nombre, a la izquierda del altar, está el hombre que marco esta ciudad, este país. Lo odiamos, en serio que lo odiamos. Tanto que lo castigamos con el olvido de su restos, le ponemos sobre la cabeza un Apocalipsis inconcluso y luego lo ignoramos como se ignoran los malos sueños. 

José Clemente Orozco "Apocalipsis" Circa. 1944
Podemos caminar sobre la calzada más antigua de nuestro continente, repasando los pasos del conquistador y al mismo tiempo ignorar la memoria de los caminos, como ignorando los recuerdos de nuestro propio cuerpo. Nos quedan las palabras y el andar para seguir construyendo la ciudad. Nos quedan las letras que se acomodan en el asfalto tal como lo hicieron ese 1519, cuando el cuerpo inerte que ahora se encuentra a la izquierda del altar escribió la primera carta de la ciudad estridente sobre la cual andamos.

Nos queda la memoria.   

martes, 3 de marzo de 2015

El patíbulo


Leí una noticia. Un pasajero mató de un balazo a un hombre que se subió a asaltar el camión en el que se encontraba. En los comentarios de la nota la gente lo aplaude, lo llama héroe: "todos deberían hacer lo mismo, dicen, todas las ratas deben morir". Y así, con ese trueque léxico, se perdona todo. El muerto no es un hombre, sino un animal despreciable. Deja de ser una persona con familia, con pasado, parte de nuestra sociedad nos guste o no. Así de fácil y a través de una pantalla, los comentaristas de la nota se regocijan en la sangre de aquél que estaba condenado a muerte: porque en México está condenado a morir de plomo el que se niega a morir de hambre, porque en México nacimos en el patíbulo. Cuando no somos el público que vocifera y clama por la vida del otro, somos el que está  con la nuca saludando al verdugo.