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martes, 25 de febrero de 2014

Map of a Broken Friendship


Tengo una nueva obsesión con los mapas porque nos ayudan a encontrarnos. Antes pensaba que la cartografía se limitaba a instrucciones sencillas, como  ir de punto A a B en una ruta de Google Maps. En realidad no es así: un buen mapa nos ayuda a descubrirnos emocionalmente, como esta pieza que encontré de Yoko Ono:

En este mapa, la artista nos invita a intercambiar mapas con nuestros amigos. Pero ¿qué hay de los mapas que te dejan las amistades rotas? Es difícil detenerse a contemplar las imágenes que quedan de algo como un cariño que se se hace pedacitos de un momento a otro, incluso sin meter las manos, sin emitir palabra alguna.

Otras líneas llaman mi atención: “The map must be followed exactly, or the event has to be dropped altogether”. Y es que hay cosas que no podemos controlar aunque seamos los autores de una cartografía. Hay rutas que cambian, que de pronto se pavimentan de una amistad que parece irrompible, protegida por el paso del tiempo y a la que sólo le queda desaparecer, que debemos terminar y dejar ir.

En un mapa las líneas pueden desdibujarse: no es algo inmutable, su esencia misma es la variación. Y así vamos nosotros por nuestras vidas, trazando cartografías y moviendo obstáculos. Si tenemos suerte habrá un amigo al final del camino con quien compartir nuestro mapa.

lunes, 9 de abril de 2012

Un breve comentario de The Human Stain: libro y película.


Leí The Human Stain de Philip Roth y es un libro que les recomiendo muchísimo. Si algún día me animo a escribir una novela, espero acercarme a la manera en la que Roth logró configurar a sus personajes, a quienes a lo largo de la lectura llegué a conocer íntimamente.

El personaje principal, Coleman Silk, logró que me cuestionara muchas cosas sobre lo que se puede considerar correcto o incorrecto, sobre las decisiones de vida y la caducidad humana. Él es un reconocido profesor que a las 71 años se ve obligado a dejar su vida académica al ser acusado, de una manera ridícula, de racista. A partir de ese momento, nuevas personas entran a su vida: cada una demostrando que no se puede vivir sin sentir dolor, un dolor subjetivo del cual nadie puede escapar. También nos encontramos con los recuerdos de la vida de Coleman: una serie de decisiones que matizaran su vida de manera profunda y permanente.

Después de leer la novela, me animé a ver la película. Me emocioné cuando vi que los protagonistas eran Anthony Hopkins, Nicole Kidman, Ed Harris y Gary Sinise. Me cuesta trabajo no ser dura con la película a pesar de que sé que es imposible meter todas las cualidades de la literatura en hora y media de filme. Sin embargo, creo que las historias de Coleman Silk, Faunia Farley, Nathan Zuckermann y Lester Farley no tienen sentido si no se les conoce profundamente.

Por ejemplo, hay una escena en particular, cuando Faunia habla con el cuervo, que en el libro es un momento de introspección y redención; en la película parece una mujer que raya en la esquizofrenia.

No soy de las personas que está peleada con las adaptaciones de libros al cine; incluso creo que hay películas que lo han hecho mejor que su predecesor de papel. Sin embargo, sí creo que hay piezas que han encontrado su forma absoluta en un libro y resulta imposible que su metamorfosis a imágenes logre lo que las palabras en el texto.


lunes, 9 de enero de 2012

Raciopasionalizando

(Les comparto un cuento que escribí hace mucho tiempo).
Cada noche cambia su nombre, es lo único que realmente controla, porque él, como el resto de la humanidad (quizás más), no es capaz de controlar sus emociones. Ama como nadie, para él el amor es aquel dios en el que todos creen, a pesar de jamás verlo o respetarlo. Hoy, y sólo por hoy, su nombre es Martín.
Siento tu cuerpo cerca del mío. Mi piel se eriza. Quiero poner en palabras lo que mi sangre caliente y concentrada no se atreve a decir. No soy humano en este momento, pues no puedo expresar lo que siento. Te amo, por una única y gloriosa vez te estoy amando. Las palabras están atrapadas; siento un vértigo ensordecedor. Tu cuerpo enredado en el mío da vida (y muerte) al mundo. Tu cabello, haciendo fiesta en mi entrepierna, realiza la tarea en la que las palabras han fallado, transmite una electricidad racional…pasional…raciopasional. Palabras. Algo se agolpa en mi garganta ahogando un grito. No puedo más. Tu cuerpo me atormenta. “Yo la quise, y a veces ella también me quiso”
Y exactamente ¿Cómo se comporta un Martín? Definitivamente es lo opuesto a un Leonardo. Un Martín cree en algo, en el infinito, el ser y el amor. Con paso firme camina por la ciudad, viendo en cada oportunidad su reflejo, analizando su nuevo yo, el de hoy; ese esporádico ser que encarnará su alma hasta el amanecer de mañana. A veces piensa que él es el único capaz de entender el sutil arte de un disfraz nomine, y tal vez sea así. Cada día maquilla su espíritu con la más escasa perfección de la que es capaz el ser humano, no deja transparente un solo poro de su ego. El día de hoy, nadie dudaría que se trata de un Martín.
Termino dentro de ti. Vacío todo mi ser. Todo yo termino en ti. Mi olor, mi mirada, mi música, mi aliento, mi piel, mi convicción absoluta, mi pasión, mi dolor…tu dolor. “Como para acercarla, mi mirada la busca”.Espero que en este momento la lucha haya significado el último delirio de amor, que tus ojos, como el resto de tu ser, hayan guardado algo de mí.
El primer día de su vida fue un José, conservó esa vestimenta indigna de él por mucho años. “Josesíto” le decía su mamá, haciéndolo sentir como un inútil cada vez que escupía esa etiqueta sobre su ser. Soportó la blasfemia por quince años, hasta que salió de su casa y conoció a Paula. Ella le llevaba muchas canas, tal vez demasiadas. Lo recogió como perro abandonado en la esquina de Sullivan e Insurgentes en una noche de poco trabajo. De ella aprendió todo, incluso el placer de cambiar su esencia. Con cada encuentro Paula le llamaba de diferente manera (Joaquín, Mauricio, Arturo, Ramón….María), un fetiche para ella, una manera de vivir para él, quien supo absorber cada una de las lecciones en la cama de su compasiva amiga, aquélla que le maquilló el espíritu por vez primera. Por que en noches como esta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido.
Nunca más te amaré, pero en mi mente siempre quedará esta última mirada. Tu último suspiro me rompe el corazón. Estaré siempre en tu ser, tu boca, tus dientes, “su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos”, esas uñas que desgarraron mi espalda, tu espíritu luchador; patadas de niña que envolvieron mi abrazo.
No es fácil vivir como él lo hace, muchos no comprenden lo difícil que es ser dios del alma propia, pero no de los instintos animales. En muchos sentidos, José…Martín se considera un ser humano en todo el sentido de la palabra; en muchos otros le repugna su propio reflejo anómalo, encarnación de sus más obscuros sueños. Es un antinarciso. Huye. La piel le quema, necesita a quien amar.
“Mi alma no se contenta con haberla perdido”.Te dejo, con dolor, en el lugar menos apropiado, el que menos te mereces. Me voy, no sin antes verte de nuevo. Así como me gustas, desnuda. Es en tu cuerpo al aire en dónde me veo a mí mismo; admiro la osadía de tu piel despejada. .
Como cada noche, Martín consumó el acto que dejaría la estampa en su propio nombre, absorbiendo el de alguien más. Mañana será otro, Edgar quizás, y encontrará otra mujer a la cual amar sólo por una única y absoluta vez. Con paso firme, seguro y satisfecho, se aleja del cuerpo inerte, perdido y rígido que ha depositado en la barranca de siempre. En el fondo puede observar el ramillete que ha formado con tantas noches de pasión: un montón de mujeres ingenuas que siguieron un amor inexistente hasta la sepultura. No puede evitar las tradicionales lágrimas que su pasión necrófila provoca al abandonar a su amada de la noche. “Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. 
Y el verso cae al alma como pasto el rocío.” Desaparece enamorado, más que nunca.

jueves, 5 de enero de 2012

De pie, como un árbol...

Dicen las malas lenguas que lo más difícil es el cambio y desde hace unos cuantos meses estoy de acuerdo. Por una pequeña variación acabo de mear el baño entero de nuevo, cuando medio dormida todavía, intenté descargar el agua acumulada en mi tanque durante la noche.
Estoy que me carga la fregada porque en verdad no es de señoritas estar orinando el piso del baño cada mañana y luego, para colmo, pierdo valerosos minutos de mi día limpiando como chacha el accidente antes de que Enrique se despierte y se resbale con el agua concentrada que sale de mí cada amanecer.
Pensé que a partir de la operación me iba a sentir una mujer más plena y sensual. Enrique me apoyó en todo el proceso y aunque aseguraba que yo le gustaba tal y como era, se le notaba luego, luego la felicidad cuando le conté la decisión que había tomado.
Plena y sensual. Me siento como comercial de incontinencia.
Bien me decía mi mamá que no iba a ser tan fácil como yo me lo imaginaba, que la terapia a la que empecé a ir desde hace dos años, cuando decidí que el cambio era necesario, no iba a ser suficiente. ¡Qué razón tenía! Y no es que la señora sea una moralina cualquiera que se opusiera a que yo fuera en contra de la naturaleza, pero siempre le preocupó que yo me atreviera a retar a San Freud de esta manera.
Y con el asco que me dan los meados. Todos mis pies quedan empapados en las mañanas y despierto verdaderamente cuando siento el líquido caliente resbalar por mis piernas. Me da un coraje. Luego pienso que voy a terminar usando pañal para dormir, pero supongo que eso no ayudaría a mi relación con Enrique. Hijo de su madre, no sabe qué suerte tiene al haber nacido como es, con biología y mente coordinadas, y al no llenarse de pis todas las chingadas mañanas.
Y a mi papá mejor ni contarle de esto; no le voy a dar el gusto al viejito. Aunque fue gracias a él que pude lograr el cambio porque su amigo, el Doctor Pedro Padilla, me dio un descuentazo sin el cual no podría haber logrado mi sueño. ¡Cuál sueño! Esos pinches rucos seguro sabían que esto iba a pasar y han de estar cagándose de risa imaginándome todas las mañanas.
Desde que era chiquita se notaba el reproche en la cara de mi papá, aunque su estandarte de liberal le prohibía hacer algo al respecto. Me chocaba ver como a mis hermanas sí las trataba como señoritas todo el tiempo, especialmente en navidad. El gordo de Santa Claus les llevaba a ellas muñecas y maquillaje y a mí un méndigo balón de soccer o cochecitos. Luego mis hermanas se enojaban porque les robaba sus cosas, pero la verdad es que no me quedaba de otra: era sólo una niñita
¡Qué asco! No debí haber tomado tanta agua antes de dormir. Pero pues es que se me había pasado todo el día y no había bebido los dos litros que dicen en la tele que tengo que consumir para no terminar toda gorda como mi hermana María. La pobre se la pasa disque haciendo ejercicio todos los días, pero como traga como marranito y no toma el agua que debería, está toda obesa. El día que me casé con Enrique, estaba que no se la acababa. Según ella, su enojo era porque elegí como color para el vestido de las damas de honor un rosa claro que la hacía ver como Peggy, la puerquita. Luego, sin querer, le presenté a un amigo de Enrique que se llama René…y para qué les cuento; si no hubiera sido el día de mi boda, me cae que sí se me va a los chingadazos. La verdad de todo el asunto es que ella estaba encabronada porque bien dicen que hermana saltada, hermana quedada.
A ella tampoco le voy a contar.
Lo peor del asunto es que el problemón no termina en las mañanas. Eso de ir a baños públicos en mi nuevo estado es una verdadera fregadera. Cuando una tiene el entrenamiento necesario para ir “de aguilita” pues es muy fácil, pero aprender todo el numerito ya pasados mis veintitrés…veinticinco…ok, treinta añitos, está cabrón. Y eso que mis piernas están fuertes, pero la mayoría de las veces no termino de descargar el contenido de mi vejiga porque rápidamente me empiezan a doler los muslos antes de sentir que he terminado. Más que ser una forma de higiene parece posición de pilates. Señores metrosexuales, cuáles sentadillas ni qué nada…si quieren unos muslos torneados, intenten hacer de aguilita cada que están en un bañó público.
Y luego en la calle. Enrique y yo somos bien parranderos; andamos todos los fines de semana, desde el miércoles, en la peda. Antes era fácil parar el coche, echar la firma y subirnos de nuevo; claro, cuando yo estaba ya muy peda: sobria siempre he sido una dama. Nada de andar buscando gasolineras o un Vips a donde ir a hacer pipí. El otro día, hasta nublado empecé a ver y me comenzó a doler la cabeza. Enrique me llamó exagerada, pero el maldito macho no sabe de lo que está hablando. Luego encontramos por fin una gas abierta, me colé al baño y para variar, no había ni un mentado cuadrito de papel. Antes no me fijaba en esos pequeños detalles, pero ahora no es tan fácil como sacudir y ya…ya no hay nada que sacudir. Estaba tan borracha que sí me valió madres no tener cómo limpiarme, pero ya no pude seguir la fiesta en paz: entre el dolor de cabeza y la idea de que estaba toda sucia. Terminamos regresando temprano a casa.
Y hoy de nuevo el maldito hábito vertical que no se quita. Enrique no se ha dado cuenta de que el piso del baño está recién trapeado todas las mañanas. Hombre tenía que ser.
Me cae que ya mejor voy a dejar de tomar agua para ahorrarme todos estos pedos, aunque acabe como mi hermana, María.

martes, 13 de diciembre de 2011

Pedagogía de los polis

Eran los primeros días en los que manejaba el coche más de dos cuadras. Como todos saben, la torpeza puede ser infinita cuando apenas se está domando a esa máquina de acero y aceite. Tenía todos los papeles en orden, pero había olvidado pegar la estampa donde viene el color y el número de placas. Creo que se llama engomado. Lo tenía muy bonito guardado en la guantera; ahí estaba almacenado ése color que determinará cuándo haremos filas en un verificentro, placebo de ecologismo, y cuándo, dentro de algunos años, tendremos que dejar descansar el coche durante un día a la semana y un sábado al mes. Por su puesto que ya son pocos los que llegan a ese momento.Se prefiere invertir en un coche nuevo, que sufir el lastre de un modelo caduco.
Manejé casi todo Reforma e hice una parada técnica en un 7 eleven de Polanco. Uno que está al costado de una glorieta de Campos Elíseos. Tenía que comprar cigarros para quitarme el susto del largo camino. Atrás de mí, se detuvo una patrulla y de ella salieron dos policías. Para las personas que viven en esta ciudad, la descripción sobra. Resulta que el engomado era necesario para que yo circulara por las calles de esta urbe. Cuando el policía me comentó esto, inmediatamente lo saqué de la guantera y le dije que la podía pegar en ese momento. Y luego, maldito desconocimiento de las leyes de tránsito, él aseguró que me tenía que llevar al corralón aunque pegara la dichosa estampa.
Siempre había temido el primero de esos encuentros, por los que todos los citadinos tenemos que pasar. Se ha creado toda una sabiduría en el imaginario colectivo de los capitalinos. Sabemos cómo funcionan los policías, aunque nunca nos haya detenido alguno. Sabemos cómo se ven, cómo hablan, cómo operan. Todo de oídas y resulta que cuando nos los topamos de frente es como tener un dejá vú.
“No, señorita. Pues, ¿cómo le vamos a hacer? Me la voy a tener que llevar al corralón”
-No mames, no mames, no mames…¿ahora qué hago?-
“No sé, joven…le juro que no sabía lo de la estampa. La puedo pegar ahorita”
“Uy no…la tenía que tener pegada desde hace mucho ¿Cómo le vamos a hacer?”
-¡Qué sutil pregunta! Como si hubiera más de una respuesta.-
Llegué a aceptar que me llevara al corralón, con todo el miedo que me daba ir hasta no sé qué parte de la ciudad acompañada sólo de dos policías. Porque han de saber todos que en esta ciudad le huimos a los uniformados. En una calle oscura, por la noche, cuando uno ve las luces de la torreta, siente miedo. Como si estuviera nadando en medio del Atlántico y de pronto se pudiera ver la aleta de un tiburón. Dan ganas de correr para esconderse. Seríamos capaces hasta de pedir auxilio a un desconocido con un arma apuntándonos a la cabeza con tal de ser salvados de los policías.
“Mire, señorita…el corralón está muy lejos ¿Por qué no me da para mi refresco y ya la dejamos ahí?”
- ¿Qué hago? Me han dicho que dejan ir a las mujeres cuando lloran… -
“¿Cómo cuánto es para su refresco? Creo que tengo como veinte pesos.”
- Lo que daría ahorita por ser actriz de telenovelas y que me saliera una méndiga lagrimita. -
“¿Veinte pesos? No, señorita. Eso no alcanza pa’nada”
- ¿Pues cuántos refrescos se va a atascar?-
“Pues es que no tengo dinero”
“Ya ve señorita…¿pues qué estudió que no tiene dinero?”
-Qué te importa-
“Letras, poli.”
- ¿Y esa sonrisa burlona, ¿qué?-
“No, pus con razón señorita. ¿ Por qué no estudió algo que sí sirva?...
- Ajá, ¿cómo tú, güey?
…Algo como, no sé, psss…administración o de esas carreras donde sí se gana.”
- Sólo me faltaba que este tipo me diera lecciones de educación-
“Mire señorita…tomando en cuenta su situación…la dejo ir con cincuenta”
-¿A qué se refiere con situación? Mínimo yo me pago mis propios refrescos-
Cuando uno rasca el cenicero del coche, los tapetes, las bolsitas de la bolsa donde se podría encontrar todo, una fácilmente puede conseguir treinta pesos extra.
“Aquí tiene, poli”
-Me caga que me tiemble la mano enfrente de este cabrón-
“ Y pues...pegue su estampa de una vez. Es más…pásemela y yo se la pego”
- ¡Qué amabilidad! -
Después de que pegara la dichosa estampa, no podía esperar para huir de ahí a toda velocidad. Ya ni los cigarros compré. Sólo alcancé a escuchar al policía gritar a lo lejos “¡…y considere lo de la estudiada…!”

domingo, 23 de octubre de 2011

La no-historia de Paul

Fui al cementerio de Père-Lachaise en busca de la tumba de Oscar Wilde. Cosa rara si se considera que no creo en una vida después de la muerte; pero hay algo que despierta una nostalgia casi feliz de ese lugar: un pan-teón en todo el sentido de la palabra.

Estaba con el mapa del cementerio en la mano, totalmente perdida en sus grandes dimensiones cuando se acercó a mí un hombre de unos 60 años. Un parisino que al parecer jamás había salido de su ciudad y que gustaba de pasar días enteros recorriendo la necrópolis. Me peguntó qué tumba buscaba y me dio a entender que estaba yo muy lejos de mi destino. Paul, así se llamaba el hombre, se ofreció a llevarme personalmente a la tumba del escritor. El camino fue algo largo y mientras platicábamos con mis dos palabras de
francés y muchas señas, le pregunté si se trataba de algún guía de turistas que al final me cobraría muchos euros a cambio del recorrido. Él aseguró que no.

Llegamos a la tumba de Wilde, tomé muchas fotos, me emocioné y no me atreví a escribir sobre ésta algún mensaje de amor como los que la cubren enterita. Paul seguía ahí, esperando algo divertido al ver mi cara de felicidad. Luego se ofreció a llevarme a la tumba de Edith Piaf, que aseguró que estaba cerca, también vimos el último sepulcro de Modigliani, otra celebridad vecina.

En todo este tiempo platicamos o por lo menos eso intentamos. Le comenté de mi ciudad y él aseguró que con mucho gusto la visitaría si no fuera por una fobia terrible a los aviones. Le pregunté por la salida del cementerio y me guió hacia ella, no sin antes hacer una parada en un monumento que parecía especialmente interesante para él: una placa que conmemora a los muertos del vuelo A 330 de AirFrance, desaparecido en el año 2009. Después, salimos del cementerio y Paul fue tan amable de acompañarme hasta el metro.

Esa tarde, me pareció mucho más interesante haber conocido a Paul que la tumba de uno de mis escritores favoritos. ¿Por qué sabía de memoria la ubicación de todas las tumbas? ¿Por qué estaba dispuesto a dar un paseo a una desconocida? ¿Qué era para él tan especial de ese cementerio?

Por días enteros no podría dejar de imaginar la historia de aquel hombre. En mi mente, Paul había perdido a alguien en el avionazo del 2009 y por supuesto, esa persona debía estar enterrada ahí. Por eso se negaba a volar y prefería pasar todos sus días en la tierra y regresar a contemplar ese monumento, que debía ser el único recuerdo de un ser querido.

Ahora sé que es común entre los parisinos utilizar Père-Lachaise como un parque (o por lo menos eso dice Wikipedia), por lo que simplemente podría tratarse de un jubilado que iba a hacer el ejercicio diario al lugar más cercano a su casa. Pero, ¿dónde está el conflicto de ese personaje?