martes, 25 de febrero de 2014
Map of a Broken Friendship
lunes, 9 de abril de 2012
Un breve comentario de The Human Stain: libro y película.

Leí The Human Stain de Philip Roth y es un libro que les recomiendo muchísimo. Si algún día me animo a escribir una novela, espero acercarme a la manera en la que Roth logró configurar a sus personajes, a quienes a lo largo de la lectura llegué a conocer íntimamente.
El personaje principal, Coleman Silk, logró que me cuestionara muchas cosas sobre lo que se puede considerar correcto o incorrecto, sobre las decisiones de vida y la caducidad humana. Él es un reconocido profesor que a las 71 años se ve obligado a dejar su vida académica al ser acusado, de una manera ridícula, de racista. A partir de ese momento, nuevas personas entran a su vida: cada una demostrando que no se puede vivir sin sentir dolor, un dolor subjetivo del cual nadie puede escapar. También nos encontramos con los recuerdos de la vida de Coleman: una serie de decisiones que matizaran su vida de manera profunda y permanente.

Después de leer la novela, me animé a ver la película. Me emocioné cuando vi que los protagonistas eran Anthony Hopkins, Nicole Kidman, Ed Harris y Gary Sinise. Me cuesta trabajo no ser dura con la película a pesar de que sé que es imposible meter todas las cualidades de la literatura en hora y media de filme. Sin embargo, creo que las historias de Coleman Silk, Faunia Farley, Nathan Zuckermann y Lester Farley no tienen sentido si no se les conoce profundamente.
Por ejemplo, hay una escena en particular, cuando Faunia habla con el cuervo, que en el libro es un momento de introspección y redención; en la película parece una mujer que raya en la esquizofrenia.
No soy de las personas que está peleada con las adaptaciones de libros al cine; incluso creo que hay películas que lo han hecho mejor que su predecesor de papel. Sin embargo, sí creo que hay piezas que han encontrado su forma absoluta en un libro y resulta imposible que su metamorfosis a imágenes logre lo que las palabras en el texto.
lunes, 9 de enero de 2012
Raciopasionalizando
jueves, 5 de enero de 2012
De pie, como un árbol...
martes, 13 de diciembre de 2011
Pedagogía de los polis
martes, 25 de octubre de 2011
domingo, 23 de octubre de 2011
La no-historia de Paul
Fui al cementerio de Père-Lachaise en busca de la tumba de Oscar Wilde. Cosa rara si se considera que no creo en una vida después de la muerte; pero hay algo que despierta una nostalgia casi feliz de ese lugar: un pan-teón en todo el sentido de la palabra.Estaba con el mapa del cementerio en la mano, totalmente perdida en sus grandes dimensiones cuando se acercó a mí un hombre de unos 60 años. Un parisino que al parecer jamás había salido de su ciudad y que gustaba de pasar días enteros recorriendo la necrópolis. Me peguntó qué tumba buscaba y me dio a entender que estaba yo muy lejos de mi destino. Paul, así se llamaba el hombre, se ofreció a llevarme personalmente a la tumba del escritor. El camino fue algo largo y mientras platicábamos con mis dos palabras de francés y muchas señas, le pregunté si se trataba de algún guía de turistas que al final me cobraría muchos euros a cambio del recorrido. Él aseguró que no.
Llegamos a la tumba de Wilde, tomé muchas fotos, me emocioné y no me atreví a escribir sobre ésta algún mensaje de amor como los que la cubren enterita. Paul seguía ahí, esperando algo divertido al ver mi cara de felicidad. Luego se ofreció a llevarme a la tumba de Edith Piaf, que aseguró que estaba cerca, también vimos el último sepulcro de Modigliani, otra celebridad vecina.
En todo este tiempo platicamos o por lo menos eso intentamos. Le comenté de mi ciudad y él aseguró que con mucho gusto la visitaría si no fuera por una fobia terrible a los aviones. Le pregunté por la salida del cementerio y me guió hacia ella, no sin antes hacer una parada en un monumento que parecía especialmente interesante para él: una placa que conmemora a los muertos del vuelo A 330 de AirFrance, desaparecido en el año 2009. Después, salimos del cementerio y Paul fue tan amable de acompañarme hasta el metro.
Esa tarde, me pareció mucho más interesante haber conocido a Paul que la tumba de uno de mis escritores favoritos. ¿Por qué sabía de memoria la ubicación de todas las tumbas? ¿Por qué estaba dispuesto a dar un paseo a una desconocida? ¿Qué era para él tan especial de ese cementerio?
Por días enteros no podría dejar de imaginar la historia de aquel hombre. En mi mente, Paul había perdido a alguien en el avionazo del 2009 y por supuesto, esa persona debía estar enterrada ahí. Por eso se negaba a volar y prefería pasar todos sus días en la tierra y regresar a contemplar ese monumento, que debía ser el único recuerdo de un ser querido.
Ahora sé que es común entre los parisinos utilizar Père-Lachaise como un parque (o por lo menos eso dice Wikipedia), por lo que simplemente podría tratarse de un jubilado que iba a hacer el ejercicio diario al lugar más cercano a su casa. Pero, ¿dónde está el conflicto de ese personaje?

