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martes, 29 de septiembre de 2015

La ciudad que olvida

Cuando se anda se tejen los pasos. Lo mismo pasa cuando se escribe y se entrelazan las palabras que crean imágenes en nuestra mente. Las banquetas están llenas de memorias que se agrietan, se ensucian, se mojan y luego desaparecen entre el barullo urbano. 

Fui a conocer la tumba de Hernán Cortés hace unos días. Ahí, escondida en la iglesia de Jesús Nazareno, junto al hospital del mismo nombre, a la izquierda del altar, está el hombre que marco esta ciudad, este país. Lo odiamos, en serio que lo odiamos. Tanto que lo castigamos con el olvido de su restos, le ponemos sobre la cabeza un Apocalipsis inconcluso y luego lo ignoramos como se ignoran los malos sueños. 

José Clemente Orozco "Apocalipsis" Circa. 1944
Podemos caminar sobre la calzada más antigua de nuestro continente, repasando los pasos del conquistador y al mismo tiempo ignorar la memoria de los caminos, como ignorando los recuerdos de nuestro propio cuerpo. Nos quedan las palabras y el andar para seguir construyendo la ciudad. Nos quedan las letras que se acomodan en el asfalto tal como lo hicieron ese 1519, cuando el cuerpo inerte que ahora se encuentra a la izquierda del altar escribió la primera carta de la ciudad estridente sobre la cual andamos.

Nos queda la memoria.   

domingo, 6 de septiembre de 2015

La compasión por las representaciones


Dicen que la foto de Alayn Kurdi puede cambiar la forma de pensar del mundo. Está acostado y parece que duerme abrazando la arena. Su rostro no nos mira y quizá por eso vemos en él tantos reflejos. Nos conmociona ver las suelas de sus zapatos que no pisan la tierra: nos podemos imaginar los caminos andados y los que ya no serán.  Duele ver a un niño de tres años muerto porque es el mayor símbolo de inocencia y me atrevo a decir que de humanidad. En este caso, sabemos que se llama Alayn como una excepción digna de ser mencionada: porque los migrantes pierden hasta el nombre, por ejemplo, pensemos en los niños solos y anónimos que cruzan México diario.

Un texto de The Guardian analiza el poder que tiene una imagen para cambiar algunas percepciones. ¿Será entonces que lo que necesitamos en México es tapizar las calles de fotos de los niños migrantes para lograr un poco de compasión? ¿Será que no bastan las imágenes de niños vendiendo dulces y haciendo malabares que golpean el ojo en cada semáforo? ¿Necesitaremos hacer espectaculares de niños sicarios y otros tantos desplazados por la guerra mexicana?

Al final, no basta con enternecerse con la imagen de un niño. ¿Hasta qué punto es útil empatizar cuando hay una cámara o un vidrio de por medio? Si algo pueden lograr las imágenes, es tal vez confrontarnos con nosotros mismos. Nos obligan a vernos en el espejo y asumir que nuestra sociedad, nuestros principios, están rotos. Ojalá que el mismo asombro y escozor que causa la foto de Aylan nos acompañe cuando caminamos por nuestras calles, porque cuando no nos sorprende que un niño que apenas alcanza a asomar la mirada por la ventana de un coche esté vendiendo dulces para subsistir, nuestra humanidad se descose. 













lunes, 31 de agosto de 2015

Páginas y kilómetros: de cómo bajar el paso me hizo crecer como persona

Soy corredora, persona de letras y a veces intento ser escritora. Para ser todo eso, me había tardado en hacer mi post de "por qué amo correr". Pregunta con la que que nos topamos, en esas u otras palabras, las personas que corremos, que escribimos, que nos dedicamos a la literatura o al arte: ¿Por qué haces algo que a MÍ me parece tan inútil?

Tan difícil es explicar por qué una decide dedicarse a las letras como poner en palabras por qué una decide correr. Ya Murakami (ese autor amado por tantos y odiado por otros) escribió sobre los paralelismos que hay entre el oficio de un novelista y el de un corredor, pero no sé si se pueda entender una actividad u otra sin siquiera intentar practicarla. No hay nada que yo pueda decir que describa la sensación de terminar tu primer 5k, 10k o 21k. Es como tratar de explicar la emoción de ponerle el punto final a una tesis a alguien que jamás ha escrito una. En cuanto a las carreras, a veces siento que bastaría con pararse en la meta de una carrera para comprender la emoción que provoca: ver los ojos de las personas que la cruzan, poner atención en las llamadas que hacen cuando recogen su medalla y escuchar cómo se quiebra la voz de felicidad al decir "ya terminé". 

Intentaré explicar por qué amo correr contándoles mi mes de agosto del 2015, en el cual corrí 2 maratones en dos semanas. Al inicio del año no sabía que esto iba a pasar. Mi yo de hace unos meses jamás hubiera pensado que esto era posible. 

Ahora sí, ¿por qué corro? 

Amo correr porque puedes gritar con las piernas lo que no te sale con la garganta 
Para el maratón de Helsinki decidí llevarme una playera que sirviera para informar un poco sobre lo que pasa en México.
 En algún momento pensé comprarme una playera de la selección o simplemente escribir México para que la gente me ubicara, pero entre más se acercaba el tiempo, más me parecía un gesto vacío, un disfraz que sólo me iba a estereotipar sin aportar nada. Gran parte de mi investigación literaria se centra en comprender cómo funcionan las representaciones y decidí que quería que mi imagen en Helsinki tuviera un valor. Durante la carrera no escapé del estereotipo, ya que las personas me gritaban "Arriba, arriba" palabra que parece sacada de Speedy González o el clásico "Viva México". Al final valió la pena ponerme una playera con carga política ya que varias personas se acercaron para preguntarme más acerca de lo que pasa en México, lo cuál me dio una enorme alegría.

Unas semanas antes de este maratón sufrí un asalto y sólo días antes nos despertamos con la noticia de los asesinatos en la Narvarte (además de las miles de terribles noticias diarias). Es fácil olvidar que hay algo bueno en un país que trata así a su gente, pero correr en Helsinki me ayudó a poner en perspectiva muchas cosas, como que solemos dar por hecho la calidez y el gran corazón de muchas personas en este ciudad.  Me explico, antes de correr el maratón cometí muchos errores, como caminar unos 35K en los dos días anteriores mientras "turisteaba". Inicié la carrera con los pies deshechos y con las piernas llenas de dolor. La carrera comenzó a las 3 de la tarde y el sol veraniego, que se mueve lento en esas partes del mundo, me mató por 4 horas. Sus puntos de hidratación fueron pésimos. 
En cada kilómetro agradecía los ánimos de las pocas personas que salen, pero no podía dejar de pensar en mi primer maratón en la Ciudad de México: extrañé mi país con esa gente que saca mesas y charolas llenas de hielos, agua y dulces en Insurgentes, lo cual me lleva a mi siguiente punto.


Las carreras te muestran que existe bondad en el mundo

En una sociedad rota como la nuestra, hay días que he considerado que no existe gente capaz de hacer el bien. Me ha tocado ver las caras largas de las personas que odian que se organicen carreras en la ciudad; incluso las he visto aventar huevos (y hasta el coche) a los corredores. Me parece que es parte del círculo de violencia e intolerancia de nuestro país que se replica en estos eventos. Aún así, existen otras miles de personas que nos demuestran que las cosas pueden ser diferentes. 

En el maratón de la Ciudad de México somos 30,000 corredores, pero muchas personas más salen a las calles a regalarnos su voz, sus letreros, miel, agua, hielos, vaselina y todo lo que piensan que nos podría ayudar. Salen músicos, cocineros, salen las niñas con sus papás a aprender lo que es la generosidad. Salen niños con sus mamás a ver cómo se puede ser un mejor ser humano al reconocer la otredad, al empatizar con aquella persona que no conozco, pero que igual apoyo en su camino. 

Además están las porras de la gente querida. Ver a las personas que más quieres gritando tu nombre y dándote ánimos es una emoción indescriptible porque sabes que aunque no les guste correr, entienden lo que significa. Comparten el cansancio de tus piernas, tu sed. Te dan todo el cariño del mundo para que llegues a la meta y cuando por fin llegas, esas personas van contigo. 


Nunca he aprendido tanto de mí misma como en los fondos

Los días siguientes al maratón de Helsinki pusieron a prueba la fuerza de mi cuerpo. La deshidratación que sufrí en esos 42K no me dejó dormir y al día siguiente tomé un avión "en vivo" para San Petersburgo. Así, sin dormir y cansada, me lancé a conocer el Hermitage y otras calles de la ciudad. El cuerpo da para mucho más de lo que le damos crédito: es un hecho. 

El maratón de la Ciudad de México me tenía muy emocionada porque estaba decidida a no cometer los mismos errores que en Helsinki; además, correría  a una hora a la que estoy acostumbrada, con una buena hidratación y el mejor ambiente del mundo. Mi entrenadora me mandó la estrategia y decidí seguirla, aunque me sorprendió que del kilómetro 5 al 10 me pedía ir muy, muy rápido. En el kilómetro 20 sentía la presión por palabras que me habían dicho días antes,  por la estrategia de la carrera que debía seguir y sentía el peso de la hipercompetividad que es la cruz de muchos corredores. Era mi segundo maratón en 15 días y me estaba exigiendo a mí misma como si fuera el primero, basada exclusivamente en un juego de correr sólo por los aplausos y las miradas ajenas, correr por alguien exterior a mí.  

Existimos en una sociedad que todo lo vuelve una pugna, desde el trabajo hasta las labores artísticas. No hay momento ni pausa para crear ni disfrutar por el simple hecho de estar vivas. Correr también se ha vuelto objeto de consumo y aunque soy la primera en defender los beneficios de que se explote un estilo de vida sana (en un mundo en el que se explotan muchas cosas más), me queda claro que no es la razón por la que yo lo hago.

Así es que mientras iba con paso apretado en el Maratón de la Ciudad de México me topé con dos opciones: podría seguir con ese mismo ritmo, sacarle toda la fuerza a mis piernas sin pensar en las consecuencias y seguramente la meta estaría ahí mucho tiempo antes. En este primer escenario la que llegaría al estadio de CU sería otra, no yo. O bien podía detenerme, disfrutar de los que estaba viviendo: mi segundo maratón. Si elegía la primera opción, sería una mujer que valora más lo que piensan de ella, que lucha por cubrir más expectativas externas que propias. Sería una persona que jamás quiero ser. Así, totalmente consciente, tomé el segundo camino y bajé el paso. Y al correr más lento, al dejar del lado las presiones externas que nunca me han servido, comencé a disfrutar de los mejores kilómetros de mi vida y me aseguré de que la que cruzara la meta fuera yo, el ser humano que quiero ser.  


Correr fondos da lecciones de vida

Hoy, a menos de un día de correr mi segundo maratón en 15 días, me siento entera. No hay una sola lesión ni dolor en mi cuerpo y sé que tomé la decisión correcta. Puedo decir que la que termina ese reto es una persona distinta a la que lo comenzó. No sé si puedo decir que una mejor persona, pero definitivamente una persona más feliz, capaz de encontrar fuerza en sí misma y de no perderse en el camino. Espero lograr esto con todos los otros aspectos de mi vida, mientras tanto, me esperan páginas y kilómetros por recorrer. 

martes, 3 de marzo de 2015

El patíbulo


Leí una noticia. Un pasajero mató de un balazo a un hombre que se subió a asaltar el camión en el que se encontraba. En los comentarios de la nota la gente lo aplaude, lo llama héroe: "todos deberían hacer lo mismo, dicen, todas las ratas deben morir". Y así, con ese trueque léxico, se perdona todo. El muerto no es un hombre, sino un animal despreciable. Deja de ser una persona con familia, con pasado, parte de nuestra sociedad nos guste o no. Así de fácil y a través de una pantalla, los comentaristas de la nota se regocijan en la sangre de aquél que estaba condenado a muerte: porque en México está condenado a morir de plomo el que se niega a morir de hambre, porque en México nacimos en el patíbulo. Cuando no somos el público que vocifera y clama por la vida del otro, somos el que está  con la nuca saludando al verdugo.

sábado, 18 de octubre de 2014

Mujer semilla

A Juan lo mató un dolor de muela. La intenté extraer una y otra vez con todas las fuerzas que me quedaban. Estaba arraigada y nunca lo soltó hasta que sus encías secas de muerto le dejaron de servir. Primero lo volvió loco y luego logró que me rogara por su muerte. El peor temor de Juan era sucumbir en la calle y quedar momificado en la banqueta para que todos le pasaran por encima. El mío era quedarme sola de verdad, que el dolor lo matara lejos de casa y yo terminara así, sin siquiera el cuerpo de mi esposo que me hiciera compañía.

Por ese entonces ya era difícil encontrar alimento. La tierra muerta era nuestro reflejo perfecto. Estaba ahí y sólo servía para marcar los pasos, pero nada vivo salía de ella. La gente se moría en la calle como si fuera chupada por el pavimento y nadie se molestaba en recogerlos. Se quedaban ahí, encajados como fósiles sin podrirse. Curiosamente, todos morían con la boca cerrada, lo cual hacía imposible mi labor de buscar piezas valiosas dentro de sus bocas.

Pero Juan murió con la boca abierta, ofrendándome su interior. En su lengua marchita reposaba la muela, retándome a que la aventara lejos de ahí. Lo enterré en lo que alguna vez fue nuestro jardín. Él es mi muerto y de nadie más. Sepulté a Juan debajo de donde existió el limonero y a la muela en la esquina opuesta: la odiaba, pero había sido parte de él y no encontré el valor para deshacerme de ella.

Desde que cercaron la ciudad, los días pasaron como procesión de muertos. Los objetos cotidianos se desvanecieron primero y después la comida comenzó a escasear. Algunas personas se aferraron a cosas como los coches. Cuando aún había alimento, no era raro ver a los conductores prometiendo un pan a la gente a cambio de jalar sus autos como si fueran caballos. A mí nunca me molestó no tener ni una bicicleta. No hay necesidad de ir tan lejos. No hay para qué. Ya no existen los dóndes.

Juan no me creyó cuando le dije que la ciudad se iba a cerrar definitivamente. Más allá de ella sólo quedaban los muertos rellenos de plomo y un mundo que contempló nuestro fin sin importarle. El aeropuerto fue lo primero en clausurarse, y cuando eso pasó, muchos se fueron a buscar a los familiares que pensaban que les quedaban en provincia. Dicen que ellos se hicieron de las armas que se iban encontrando en el camino y que ahora sus cuerpos están regados por los caminos de lo que alguna vez fue nuestro país.

Nos gustaba caminar por las calles moribundas. Al principio, veíamos cómo la gente cazaba perros como queriendo no alcanzarlos. Cuando los agarraban, sólo les veíamos la sonrisa acartonada y los ojos de arrepentimiento.

No tardamos en ver a la gente matándose entre sí por un poco de agua. De vez en cuando pasaban unas pipas que mandaba lo que aún llamábamos gobierno para la gente que tuviera algo que dar a cambio. El resto de las personas anhelaban la lluvia para llenar tinas y cubetas. A veces, logré conseguir agua potable a cambio de sacar unos cuantos dientes adoloridos. Es todo lo que hacía ya: desenterrar dientes como si fueran malas yerbas.

Poco después de la muerte de Juan, se volvió más difícil conseguir comida. Cambié mi anillo de compromiso por un gato magro y un kilo de sal. Sólo salía de casa para buscar comida. Con tal de comer, una puede ignorar el olor a gente rancia, a sudor moribundo, a la mugre de días.

Esa carne duró un tiempo, pero fue la última que comí. Sola me resultaba más difícil salir a conseguir comida. No podía dejar la casa abandonada por mucho tiempo y arriesgarme a que un grupo me despojara. Me quedaban mis libros, por lo menos, y trataba de disfrutar de ellos leyéndole en voz alta a Juan. Después de una semana sin conseguir alimento, terminé por comer unas cuantas hojas, pero no pude seguir, no tanto por el sabor o lo difícil que es masticarlas, sino porque sentía que con cada bocado, con cada palabra devorada, me comía lo poco que me quedaba de humana. Fue ese día cuando noté el verde sobre el lodo que cubría la muela. Era un retoño demasiado pequeño como para poder distinguir de qué se trataba, pero definitivamente era algo vivo. Pasaron los días hasta que poco a poco, el brote fue teniendo forma. Ya no tuve duda: se trataba de un maíz.

Cuando estuvo suficientemente grande lo corté y lo eché a hervir sobre un poco de agua de lluvia. Estaba suave y lleno de pulpa. Mis labios secos se arrastraron sobre la superficie carnosa mientras dentelleaba los granos, dándole vueltas. Recordé la boca de Juan y a su saliva humedeciendo mi cuerpo entero mientras giraba en la cama.

Estaba absorta en la remembranza cuando un viejo conocido tocó a la puerta. Casi no lo reconocí con el rostro chupado y los harapos sin forma. Olía bastante mal, considerando que ya estábamos acostumbrados a los peores hedores. Su cara estaba desencajada y su mano no paraba de sobar su mandíbula saltona. Extendió su mano ofreciéndome un pedazo de pan rancio, que quién sabe de dónde sacaría. Era todo lo que tenía para darme a cambio de la extracción de una muela que estaba acabando con su cordura. Pensé otra vez en Juan, en su dolor, y no tuve corazón para aceptar el pan que me ofreció.

Cuando estuve sola con el molar recién extraído, decidí probar suerte y sembrarlo. El efecto fue mucho más rápido que la primera vez, y a la mañana siguiente ya tenía una planta bastante alta, lista para ser comida. Tuve la idea de hacerme de más semillas. Tomando en cuenta que la muerte era egoísta y hacía que los cadáveres sellaran sus bocas como guardando en secreto todos sus pecados, se me ocurrió ofrecer un poco de maíz a cualquiera que estuviera dispuesto a darme uno de sus dientes húmedos.

En esta ciudad la palabra comida es más fuerte que el olor de cualquier guisado, y la mañana siguiente ya había una fila inmensa de personas esperando en mi puerta, rogando por un pedazo de maíz.

Así comencé a cosechar. La gente se formaba afuera esperando a que yo abriera el nuevo negocio. Una sola vez hubo un asesinato: un hombre trato de meterse en la fila. La verdad no sé si haya sido por abuso o porque simplemente ya no recordaba lo que eran las filas, pero la gente se le fue encima, arrancándole pedazos de carne con los dientes para después escupirla y lo dejaron ahí, estampado en mi banqueta como un recordatorio del canibalismo que en realidad siempre estuvo presente en esta ciudad.

Amenacé con no darle más maíz a nadie, y por un momento pensé que la turba se me iba a ir encima, pero sólo me miraron con sus ojos cristalinos de animal arrepentido y volvieron a la fila tranquilos y en paz. Me sorprendió lo fácil que había sido controlar a la masa de mandíbulas que hace unos instantes habían desmenuzado a un ser humano. Luego pensé que tal vez ya no quedaba alguien a quien se le pudiera llamar así.

Me alegré por primera vez en mucho tiempo: había conseguido otro medio de sustento en este nuevo mundo en el que ya nadie necesitaba enderezarse los dientes o tratárselos. Las personas me daban sus dientes y yo se los devolvía hechos maíz. Por supuesto, yo ya no pasé hambre.

Pero en esta ciudad, ya nada bueno podía durar y la esterilidad que abandonó a mi tierra se apoderó de las bocas de las personas. Las filas se fueron haciendo más cortas. Poco a poco me quedé sin semillas que plantar.

La gente dejó de formarse en mi puerta y yo tuve que atrincherarme para escapar de su ira. Un muro hecho de muebles fue suficiente para la debilidad de esos esqueletos forrados. Por la ventana pude ver cómo algunos llegaban a aventar el maíz en mi acera y, los que me alcanzaban a ver, me enseñaban cómo sus bocas, al sentirse inservibles, se negaban a volver a abrir. Sus mandíbulas estaban trabadas y ni siquiera podían hablar. Sus orificios se negaban a abrir de nuevo. No sólo los dejé sin dientes: les quité las palabras.

Decidí guardar el maíz que me quedaba el tiempo que durara y me resigné a vivir encarcelada en este hocico obscuro que alguna vez llamé casa. Mi acortado estómago no pudo seguirle el ritmo a la descomposición del alimento, por lo que terminó por echarse a perder, dejando sólo un olor a boca añeja.

Me saqué la primera muela con relativa facilidad y de ella salió una mazorca flaca y sin mucha consistencia. La mastiqué lentamente y logré que me durara un par de días. Con cada diente mío que sembraba, la cosecha era más estéril y dura. La última muela acompañaba una succión espantosa en mi estómago. De ella salió el maíz más grande y abundante que haya visto en mi vida, pero parecía de porcelana. Lo herví mucho para ver si mis encías huérfanas lograban hacer llegar a mi estómago los granos. No lo logré. Al primer intento, mis labios se estrecharon para no separarse jamás.

Mi estómago se sentía pegado, pero logré guardar las fuerzas necesarias para hacer un hoyo junto a Juan. Me eché aquí dentro y me cobijé con unos puños de tierra. Lo único que me queda es el pensamiento. Tal vez así, encajada sobre la tierra, pueda algún día convertirme, por vez primera, en un ser verdaderamente vivo.




Orly Cortés
15 de agosto de 2012


martes, 25 de febrero de 2014

Map of a Broken Friendship


Tengo una nueva obsesión con los mapas porque nos ayudan a encontrarnos. Antes pensaba que la cartografía se limitaba a instrucciones sencillas, como  ir de punto A a B en una ruta de Google Maps. En realidad no es así: un buen mapa nos ayuda a descubrirnos emocionalmente, como esta pieza que encontré de Yoko Ono:

En este mapa, la artista nos invita a intercambiar mapas con nuestros amigos. Pero ¿qué hay de los mapas que te dejan las amistades rotas? Es difícil detenerse a contemplar las imágenes que quedan de algo como un cariño que se se hace pedacitos de un momento a otro, incluso sin meter las manos, sin emitir palabra alguna.

Otras líneas llaman mi atención: “The map must be followed exactly, or the event has to be dropped altogether”. Y es que hay cosas que no podemos controlar aunque seamos los autores de una cartografía. Hay rutas que cambian, que de pronto se pavimentan de una amistad que parece irrompible, protegida por el paso del tiempo y a la que sólo le queda desaparecer, que debemos terminar y dejar ir.

En un mapa las líneas pueden desdibujarse: no es algo inmutable, su esencia misma es la variación. Y así vamos nosotros por nuestras vidas, trazando cartografías y moviendo obstáculos. Si tenemos suerte habrá un amigo al final del camino con quien compartir nuestro mapa.